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¿Sabías que el espacio de trabajo en el que estamos define nuestra manera de trabajar y el nivel de productividad que somos capaces de alcanzar? Hay empresas que presentan una arquitectura abierta, donde todo fluye y se comparte y donde los espacios cerrados son prácticamente inexistentes. En cambio, otras empresas apuestan por fórmulas intermedias, con grandes plantas abiertas y cubículos que faciliten la privacidad y, por tanto, la concentración de los trabajadores cuandoe stán realizando sus tareas de manera individual. En este último caso, aunque hay amplias salas para trabajar en equipo, la mayor parte o la totalidad de los empleados cuenta con su propio despacho privado. Pero también está el modelo mixto, donde solamente los jefes y responsables disponen de su despachos y existe un espacio común para el resto de trabajadores, que es el modelo más habitual en casi todas las empresas actuales.

Pero, ¿realmente influye tanto el diseño de la oficina en la productividad de los empleados de una empresa? En los últimos años, la tendencia de las oficinas abiertas ha buscado poner fin a las jerarquías en la empresa, o al menos que no se percibiera de una manera tan evidente. La idea era que las relaciones entre los jefes y el resto de los trabajadores no fuera tan formal para mejorar la comunicación y la relación entre los empelados, y favorecer la colaboración entre todos. La teoría está muy bien, pero la práctica no es tan utópica, ya que no siempre se logran estos objetivos y, además, hay una serie de inconvenientes que no siempre se tienen en cuenta.

productividad

Las oficinas abiertas no son la mejor solución si se quiere hacer sentir cómodo al trabajador, ya que el estar en una sala común con el resto de la plantilla, su nivel de privacidad es nulo y su grado de concentración se ve mermado considerablemente. Además de estar expuesto a constantes interrupciones, que alguien pase y mire lo que estás haciendo no resulta nada agradable. En este tipo de espacios el nivel de ruido es mucho más alto, per además las distracciones pueden provenir del propio movimiento que tenemos dentro de nuestro campo visual. Esto no constribuye en nada a que el trabajador se concentre en la tarea que está realizando.

Por otro lado, el contacto constante con el resto de empleados puede dar lugar a un incremento de la conflictividad laboral. Y es que el hecho de estar compartiendo espacio siempre con las mismas personas puede hacer que cualquier pequeña diferencia entre dos personas se mantenga activa mucho más tiempo que si el trabajador tuviera privacidad y desconectara.

La cuestión es que la oficina abierta supone un gran ahorro de costes frente a aquellas que cuentan con despachos separados, por lo que, a pesar de sus inconvenientes , actualmente continúa siendo uno de los más implantados en nuestro país. Eso sí, en algunos casos con pequeñas modificaciones para contrarrestar sus puntos negativos.

Por su parte, modelo intermedio de cubículos ofrece a los empleados un mayor nivel de privacidad y favorece la concentración de los trabajadores al realizar sus tareas, reduciendo la conflictividad laboral. El problema es que no soluciona los problemas de ruido ni la sensación de que alguien esté mirando lo que hacemos.

Con lo cual, ambos modelos terminan por afectar al bienestar y a la satisfacción laboral de la empresa. Según un estudio llevado a cabo en Dinamarca, las bajas laborales en oficinas abiertas son de 8,1 al año frente al 4,9 de las oficinas cerradas. Un dato que, sin duda, nos hace reflexionar sobre la necesidad de privacidad en la oficina para que los empleados trabajen mejor y sean más productivos. Así pues, parece evidente que la clave está en conseguir el equilibrio entre ambos modelos y disponer tanto de espacios abiertos como cerrados que los empleados puedan usar cuando lo deseen y necesiten.


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